Una bolsita más, una ballena menos
Indudablemente la humanidad ha evolucionado muchísimo desde que apareció la burguesía y liberó a Europa de las tinieblas eclesiásticas para introducirla en la luminosidad de la razón y el pensamiento científico. Quiso el destino que además de razón y ciencia Europa desarrollara una pujante industria armamentística aprovechando pragmáticamente, como corresponde a una Europa razonable, la pólvora que el pueblo chino usaba para colorear sus festividades. Y fue así como, con gran esfuerzo y espíritu de sacrificio, Europa conquistó el mundo para esparcir la razón y la compasión; la higiene y la sífilis; la ley y el castigo. Y es así como en una ciudad austral de América, irónicamente nombrada Buenos Aires, nosotros, los auténticos porteños (no los cabecitas negras ignorantes y sucios que provienen del interior y de los países vecinos) hemos llegado a ser ciudadanos razonablemente educados, correctamente vestidos, compasivamente cristianos y admiradores de la cultura francesa, inglesa, y hasta germánica, como nos quería nuestro gran cieguito: Jorge Luis Borges. Quienes fuimos educados cuando aún la escuela tenía algún sentido (el sentido de alfabetizar para que las masas pudieran incorporarse al cada vez más complejo mundo de la producción y el consumo repleto de manuales, propaganda impresa y contratos con “letra chica”) recordaremos siempre que según nuestros maestros lo que diferencia al hombre (hoy en día es políticamente correcto incluir también a la mujer) de los animales es la INTELIGENCIA. Pero el ser humano es tan inteligente que finalmente terminó descubriendo que hay también animales inteligentes y todo se complicó. Entonces lo que nos separa de los animales es el habla. Y cuando uno ha llegado a cierta edad y ha pasado gran parte de la vida escuchando estupideces podría llegar a la conclusión de que lo que nos diferencia de los animales no es la INTELIGENCIA sino la ESTUPIDEZ. ¡Qué complicación! ¡Qué caos! Y de repente todo es CAOS. El Universo es CAOS. Yo soy caos, tú eres caos, él es caos. En ese sentido el Super Agente 86 fue un visionario.
Pero pongámosle coto al caos y volvamos al orden razonable. Decía que la humanidad ha evolucionado muchísimo. Por ejemplo, hoy en día en una farmacia puedo comprar, además de medicamentos, todo tipo de productos de belleza, discos compactos de Talía o del último invento de Operación Triunfo, y hasta juguetes chinos a pila. También puedo pagar la cuenta de mi teléfono celular, sin el cual me siento desnudo cuando salgo a la calle. Pero lo único que quiero es una pasta de dientes. Escojo entre tantas una que dice hierbas naturales (aún no comprendo si el creativo responsable de tal subtítulo es un cínico o si es que sinceramente nos propone un regreso al paraíso natural). La pasta dental viene en un envase plástico muy práctico que a su vez viene dentro de un estuche de cartón, ambos totalmente impresos con propaganda. Tras pasarla por el lector óptico la muy joven cajera saca -como en un acto de magia- una bolsita plástica razonablemente impresa con la lista de farmacias iguales a esta que puedo encontrar en diferentes puntos de la ciudad. La bolsita parece haber sido especialmente diseñada para llevar un tubo de pasta dentífrica. Hasta tiene dos perforaciones en la parte superior que, evidentemente, están destinadas a cumplir la función de asas, pero a través de las cuales solo puedo enhebrar mi dedo índice debido al tamaño de la bolsa. Y como soy un tipo razonablemente educado y prefiero morir contracturado antes que hacer el ridículo, no llevo la bolsa colgando de mi dedo índice al salir a la calle, sino que la introduzco en el bolsillo de mi campera. Salgo con la pasta de dientes dentro del envase plástico dentro del estuche de cartón dentro de la bolsita plástica dentro del bolsillo de mi campera y al ver el caos de vehículos, carteles, ruidos, luces, gente que camina o consulta su celular mientras espera la luz verde para cruzar, no puedo dejar de pensar en cuánto ha evolucionado la humanidad. Cuando llego a casa mi hijo no responde al saludo porque está viendo la televisión y quizás ni haya registrado mi llegada. Extrañamente está viendo un programa sobre ballenas y aunque no miro televisión por principios, no puedo resistirme cuando veo el mar y, menos aún, cuando veo ballenas. Se trata de un programa ecologista (una tendencia actual en programación infantil) y en un momento aparece un joven bronceado sentado en un bote que nos cuenta que una vez revisando una ballena muerta encontró una bolsa plástica en el ducto de la respiración (ese por el cual escupen agua hacia arriba). Un ejemplar del animal más impresionante creado por la naturaleza, por dios, o por como quiera el lector llamarlo, había muerto asfixiado por un par de gramos de plástico. Saqué la bolsita del bolsillo y pensé que, después de todo, el que diseñó mi bolsita era un tipo inteligente porque con ese tamaño seguramente era imposible que se quedara atascada en el ducto de respiración de una ballena.

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